13 de julio de 2009

¿Dónde queda qué?


Me encanta la MetroGuía, el mejor invento para ubicar (geográficamente!!) a los Caraqueños. No se cuantos sepan que existe, pero si existe. Siempre me he preguntado quien tuvo la paciencia del santo Job y se dedicó a dibujar, casa a casa (con nombre y todo!), avenida por avenida, calle por calle, los enredos y vericuetos de Caracas. Un verdadero esfuerzo y a la vez un tributo a la perseverancia y a la buena fe. Porque con el cuento de la modernidad, los edificios y las casas aparecen y desaparecen como por arte de magia (bien porque son demolidos o por ser transformados). Probablemente ninguna edición de Metro Guía se parezca a otra (items de colección!!).

Seguro que mis lectores de otros países pensarán que es lógico tener mapas y planos de las ciudades (así como agua, jeje!), si es verdad... pero no en Caracas. Ni Google Maps ha podido con nuestras imprecisiones geográficas.

Ubicarse en esta ciudad implica estar ungido por Mercurio, ese Dios griego protector de los viajeros, ese con alitas en los pies y en el casco que utilizaba para desplazarse sin perderse y encontrar el rumbo. Las direcciones en mi ciudad son todo un tema... Caracas es anárquica, en todo sentido. Por un lado, no tenemos números que indiquen la posición de un edificio en una avenida; es decir, el cartero debe ser mentalista o psíquico (como Allison Dubois la señora rubia de Medium la serie de TV) para adivinar a cuál altura de una avenida /calle de la ciudad está ese inmueble que está buscando. Por supuesto que el servicio postal caraqueño no funciona; pero hay que ponerse en los zapatos de esos pobres carteros. Ya ni los bancos envían los estados de cuenta por servicio postal, simplemente no llegan y cuando lo hacen, tres meses más tarde, usted está apelando (y pelando) en un juicio por morosidad. Un ejemplo de lo referido en estas líneas anteriores: yo vivo en una vieja urbanización capitalina, que tiene la gran ventaja de estar centralmente ubicada pero al mismo tiempo está en el este. Si me piden la dirección y doy mi calle, nombre de edificio y código postal, la persona ni con buena intención podrá llegar. Simplemente no puede aunque quisiera porque nadie sabe como se llaman las calles (con honrosas excepciones por supuesto). Entonces hay que recurrir al folklore popular: “Tu sabes donde queda la Torre Financiera? Bueno, agarras esa subida y pasas una tintorería a mano derecha, tiene un letrero con una camisa horrible. Sigues pegado a la derecha; ojo no para la izquierda porque llegas a la policía; entonces ves un kiosco azul, por ahí no es; cruzas a la izquierda. Sigues, pasas un terreno baldío, etc., etc.” Por supuesto, eso ayuda a enredar más la explicación de las rutas.

El otro lado entorpecedor de la auto-ubicación es la inseguridad reinante. Si una se pierde en la calle es incapaz de preguntar por temor a ser sometida a un secuestro Express, a un asalto, o a una revolcada por el suelo en un intento de arrancarle el bolso o su preciado Blackberry. Ni hablar de preguntarle a la policía, no vaya a ser que la desvalijen. Así que se puede estar dando vueltas en círculo o sobre su propio eje tratando de llegar al punto de destino necesario. Pensándolo fríamente, creo que me voy a poner en la pulsera donde llevo mi medallita de la Milagrosa un discretísimo GPS, para llegar a mi destino. A lo mejor impongo la moda.

Flores para ayudar a ubicarnos?

Aspen si tememos a lo que pueda pasar si nos perdemos para que nos de calma e identifiquemos la fuente de nuestra ansiedad (viviendo en Caracas eso puede ser realmente un éxito!).

White Chestnut para calmar esos discursos mentales interminables tipo carrusel como “ ¿y si agarro por aquí?, no mejor me voy por allá, y ¿si no hay donde estacionarme? Y ¿si me roban el carro, acuerdate que se venció el seguro? ¿este policía me bajara de la mula?” para dejar los pensamientos basura y a poner toda nuestra atención a donde queremos llegar.

Olive para el cansancio mental y/o físico que produce vivir en situaciones propias de esta metrópolis, para que recuperemos la energía perdida con tanto agite.

Reflexionando sobre el tema, yo como que me afilio a un sistema de rastreo satelital, de esos que leen coordenadas y manejan mapas digitalizados, total me pierdo hasta en el supermercado. Así mi hija no me obligará a utilizar la chaqueta anaranjada fosforescente para que no pase por desapercibida.