11 de mayo de 2011

La buena samaritana

Estaba en posición de descanso pensando que debía hacer compras de alimentos porque mi nevera estaba como la Plaza Venezuela…agua y luz solamente.

Realmente solo de pensar que tenía que salir a “cazar” los vegetales en varios supermercados me daba muchísimo fastidio. Para los lectores no venezolanos: los oriundos de Tierra de Gracia practicamos un juego llamado consiga su producto en el súper; si uno consigue tres artículos…nos regalan un oso de peluche. Todavía nadie se ha ganado alguno. Sigo con mi cuento. Mi hija, preocupada por el bienestar de su madre, me insistía que debía salir a respirar aire que no fuera el de mi propia casa. He estado aislada del mundo exterior más de un mes, mi teléfono fijo no sirve y el Blackberry fue afectado por la luna llena o por Mercurio retrogrado, así que salir parecía una idea conveniente.

En el preciso momento de mis deliberaciones mentales, escuché en la calle una voz ininteligible ampliada por un megáfono. La exaltada voz anunciaba la venta de variados vegetales….como en los viejos tiempos (¿unos doce años?). Una señal divina, pensé, Papá Dios quiere que por fin cocine! Me tomó un tiempito reaccionar, pero me levanté, agarré mi portamonedas y me dispuse a caminar rumbo hacia la venta ambulante (me sentía en una película de los años 50, en blanco y negro).

Mientras me dirigia hacia el lugar, unos 50 metros desde la puerta de mi edificio, pasaron por mi mente 3.815.350 variados pensamientos (los conté, ujum!). Vivencias de infancia, mi abuelita comprando y regateando diariamente al verdulero, causas sociales, el apoyo a los productores nacionales, las diferencias social-políticas en el país, la calle desbaratada en proceso de asfaltado, la desidia de las autoridades, el derrumbe por las lluvias, los jeans sucios, el tinte para canas…. casi un tomo de la Enciclopedia Británica en menos de 5 minutos de caminata (se los dije, una película de los años 50). Todito eso en mi cabeza. ¿Cómo no se va a decir que las mujeres somos “simples”? A la prueba me remito.

Llegué al camión y solo había otro vecino haciendo sus compras. Sospechoso el asunto!! Creo que nadie bajaba porque no entendían al joven señor con aspecto de Chino (no de asiático, me refiero al de Chino y Nacho, los del Grammy) que anunciaba los tubérculos y hortalizas autóctonas. Hablaba como si estuviese cantando reggaetón en fiesta de quince años. Llegó mi turno. Pedí todo en porciones de medios kilos. Quería variedad más no grandes cantidades, nada de condenarme a la cocina. La particularidad de este tipo de compra es el no poder tocar la fruta ni las verduras (una suerte de ejercicio tántrico), los vendedores seleccionan sabiamente por usted. Me sentí muy bien de beneficiar a otros y al mismo tiempo de beneficiarme. Me conmoví presuntuosamente, estaba haciendo un pedacito por el país (¿¿¿¿ah?, ¿cómo?, ¿qué te pasó Marielena??? la perdimos mijita!).

Alguien del edificio de enfrente, probablemente atormentado por el infinito anuncio de víveres, comenzó a lanzar piedras al megafonista (si, piedras) y culminó con un huevazo (si, huevo, de gallina, como en los carnavales antes de la prohibición). Me desconcerté y pensé que la intolerancia era la razón por la cual la Patria de Bolívar estaba tan echadita a perder.

Flores para la samaritana?

Vervain para mi entusiasmo y el manejo de mis ideales, me ayudará a manejar el frenesí patriótico.

Clematis para darle piso a mis fantasías, darle concreción a la ilusión.

Star of Bethlehem para el impacto que recibí al abrir mis bolsas de mercado.

Mi historia no terminó en el párrafo anterior, no señor. Regresé a mi apartamento a arreglar las compras. ¡Oh sorpresa!!!! Algunas de las legumbres que pedí no aparecieron pero ahora tengo otras que nunca solicité….pimentones, tomates, pepinos, ají dulce y cebollas para alimentar un batallón por unos tres meses. Como lo quería no apareció en mis bolsas de mercado, terminé en la joyería de Manuel, el frutero de mi zona. ¿Haciendo mi pedacito de patria? De ilusiones también se vive.

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