13 de febrero de 2012

Uno nunca sabe

En mis épocas más mozas la frase uno nunca sabe era utilizada con bastante frecuencia  por  las matriarcas de mi clan familiar.  Debo explicar que se usaba bajo ciertas circunstancias que para mí eran  imprecisas pero nunca reclamé ni protesté porque ¡uno nunca sabía!!!.  Esa frase manejaba mis  intenciones y las transformaba en los deseos del adulto que las pronunciaba, llámese mamá, abuela o tías. Hoy  la recordé pues, saliendo de la peluquería, la joven que me atiende me la lanzó como pelota de softball cuando  terminaba  el trabajo embellecedor con quien suscribe.  La diferencia fue lo que no produjo en mí.

Cuando yo la escuchaba de pequeña, y a riesgo de que me califiquen de tremendista, la asociaba con temor, enfermedad,  accidentes, vergüenza pública, catástrofe, sorpresas no necesariamente agradables. Yo pensaba que uno nunca sabe era una especie de fantasma que se podía pasear por donde yo estuviese y   ¡zúas! haría de las suyas si yo no había cumplido con los sabios consejos  (¿órdenes?) de mi señora madre o de mis sustitutas tías.  Por ejemplo, cuando sonaba la alarma de mi despertador para ir al colegio yo saltaba de mi cama cual resorte.  Me duchaba y arreglaba, tomaba el desayuno y agarraba mi bolso de libros…lista para la jornada escolar.  Mi mamá justo antes de que yo partiera se daba una vueltica por la habitación para ver el estado en el cual había quedado la misma.  Muchas veces me devolvió de la puerta para que  la arreglara y “tendiera” la cama porque uno nunca sabía.  Lo mismo aplicaba con la ropa interior.  Hacía una inspección rigurosa del estado de mi lingerie (para que suene más sexy y actualizada con el espíritu de estos tiempos); si veía algo demasiado usado o en mal estado habría que cambiarlo antes de salir porque uno nunca sabía.  Siendo venezolana y rindiendo culto a la belleza, ella no yo, era imposible salir sin aplacar mis rizos con peine y cepillo Stanhome o colocar lápiz labial, porque uno nunca sabía. La casa debía estar impecablemente limpia pues uno nunca sabía.  Ni hablar del ámbito laboral; cambiarse de empleo con la intranquilidad de un saltamontes  o no querer pasar añales en una empresa hasta que la jubilación nos alcanzará eran signos de inmadurez ya que uno nunca sabía.  Al escoger un novio o una futura pareja  el candidato debía tener solvencia (lo que eso signifique), una profesión u oficio definido pues uno nunca sabía. Había que votar religiosamente en las elecciones presidenciales del país porque uno nunca sabía. Entre paréntesis, yo no he dejado de votar desde que pude ejercer ese derecho ciudadano.

Así como los ejemplos anteriores tengo miles que regían mi día a día en los periodos de infancia, adolescencia y  principios de mi adultez.  Probablemente ahora tuviese más  volúmenes que la Biblioteca  Nacional pero mi mamá falleció a mi edad actual así que me perdí  de unos cuantos uno nunca sabe.  En mi  heredada colección algunos eran relacionados a salud, otros a cocina, otros a ética y buenas costumbres, otros a estética,  otros laborales… indiscutiblemente  interesantes  pero con una característica peculiar.   Todos estaban basados en el temor sobre aquello que podría pasar si no se hacía lo que se debería hacer.  Cuando Kirssy, mi peluquera ahora autoproclamada estilista, me dijo que debía estar arregladita y hermosa porque uno nunca sabe me quedé reflexionando. ¿Será que me voy a morir y me pueden encontrar desarreglada? ¿Será que va a aparecer un príncipe azul en la puerta de mi automóvil y yo no estoy presentable? ¿Será que ella sabe algo que no se?  Pensé sobre esa  vaga entidad del uno nunca sabe.  Medité en lo genial que sería aprender a hacer las cosas por convicción, entendiendo el beneficio que genera nuestra acción, en la importancia de hacer todo bien desde el inicio, en la repercusión de cada cosa que emprendemos bien sea grande o chiquita, relevante o trivial. Todo sin utilizar el miedo como forma de advertencia para corregir conductas o para lograr fines. 

Afortunadamente para mi, muy tempranamente, el  uno nunca sabe se convirtió en es muy conveniente, su legendario hermano súper poderoso, objetivo y asertivo.  Así que entendí que lo que mamá quería era que aprendiera a ser mejor cada día en las diferentes dimensiones de mi vida.

¿Flores para el terrorismo perturbador del uno nunca sabe?

Aspen para el temor a lo desconocido, a eso que puede suceder cuando uno nunca sabe.  Ese temor que no podemos describir y que se manifiesta como presagios.  Nos permitirá identificar la fuente del miedo y trabajar sobre él.

Cherry Plum para esos temores descontroladores que hacen que hagamos cosas inesperadas como hacernos daño o hacer daño a otros, a volvernos locos.  Nos ayudará a calmarnos, pensar quietamente y volver al control natural.

Rock Rose si ante el uno nunca sabe quedamos paralizados como piedra y ni siquiera podemos actuar, hablar y/o responder.  Nos dará serenidad y capacidad de actuar ante el intenso miedo.

Me imagino que el fantasma del uno nunca sabe es primo hermano del Coco, del hombre de la mochila, del viejo de la esquina, del monstruo que vive bajo la cama y del policía que usan algunos padres para serenar a los muchachitos sobre estimulados que no se calman con nada ni con nadie. Entender es materia de razón no de coacción ni temor. Tratemos de cambiar el uno nunca sabe  por  el es muy conveniente a ver qué nos pasa.  A lo mejor nos sorprendemos gratamente.

Imagen tomada de internet, cortesía de Scienciology

1 comentario:

  1. si, esa es una de las mil y una cara conque se pretende dominar, controlar a otros...a veces sin darnos cuenta de su alcance, los repetimos y fortalecemos. Por eso debemos estar alerta con esos tradicionales "viene el coco"...la armonía de nuestro SER merece estar resguardada!!!HV

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