19 de agosto de 2012

La tengo...No la tengo



En estos días de discusión y sorpresa sobre la verdadera cara del Libertador no he podido dejar de recordar los tiempos de primaria cuando mi primo Tato y yo coleccionábamos álbumes de cromos que en mi ciudad llamamos barajitas.

Tato y esta servidora éramos “llaves” (compañeros inseparables) para estas hazañas, tal vez la única que hacíamos juntos ya que el resto era pelear y pelear por cualquier cosa.  Él era el sobrino favorito de mi difunta madre y yo la única hija.  En otras palabras, era mi competidor más cercano por el afecto matriarcal.  Pero volvamos a la historia.  Nos encantaba llenar álbumes de moda.  El intercambiar y comprar, la filosofía de la colección, la ideología y estrategia del editor, el análisis pictórico de los cromos, era toda una aventura y nosotros éramos los expertos al igual que todos los demás muchachitos de nuestra edad (7 a 9 años cuando máximo).  Uníamos esfuerzos y mesadas para completar más rápido nuestros "trofeos". Eso tenía una ganancia extra, tal vez trivial.  Eramos “versados” sin profundidad en temas de la naturaleza, del deporte, de la historia, de la ciencia.

Uno de los álbumes que se mantenía en boga a pesar de las modas era el de la iconografía de Bolívar.  Teníamos que ir a un sitio específico a comprar los cromos, su tamaño era más pequeño y el precio también.  Era una pasión rara la nuestra, aquí no había otro premio que el de conocer la historia del héroe aunque no fuésemos fanáticos de la historia de Venezuela en la escuela. Una incoherencia familiar infantil supongo.

Nos deleitábamos viendo pasajes de la vida del mantuano caraqueño: a caballo, sin caballo, en burro, vestido de militar, vestido de llanero, con ruana, con sombrero, sin sombrero, con bigote, sin mostacho, medio calvo, con cabello, despeinado, en hamaca, en canoa, casándose, muriéndose, en batalla, con la hermana, en El Chimborazo, jurando en el Monte Sacro, en fin… en montones de poses estelares.

De tanto verlo en monedas, en cuadros, en estatuas, en los cromos, en libros, hasta en la sopa,  me había hecho una imagen del señor en cuestión.  Una de las que más recuerdo es la de un cuadro del pintor limeño José Gil de Castro.  De acuerdo a la leyenda del álbum de barajitas,  Bolívar le había dicho al artista  que era el retrato de él que más justicia le hacía y lo autografió dando fé del hecho, para luego regalárselo a su hermana María Antonia; una foto para que nunca lo olvidara, digo yo.  Luego recordé otra barajita,  una escultura extraña en la que Simón yacía (horizontalizado…muerto de toda mortandad) en la Quinta de San Pedro Alejandrino.  Esta me daba un susto tremendo.  De acuerdo a la historieta del cromo, la cara había sido realizada con una mascarilla de yeso por el médico que lo había atendido en sus últimas horas, un doctor llamado Reverend.  La mascarilla no era hidratante, ni humectante, ni antiarrugas como las que yo me pongo, ¡no señor!!  Era para fijar en el material la fisonomía del héroe de la patria para la posteridad.

Esa imagen, la narrada en los párrafos anteriores… la que me hice de niña junto a Tato, se ha visto sacudida violentamente gracias a una que supuestamente es la verdadera cara del Libertador y por la cual se ha pagado una fortuna.  De acuerdo a los expertos que hicieron la revelación hace unos días (aunque hay registros que en 1986 ya la escuela de policía forense de Mérida la sacó igualita), el señor tenía rasgos de afrodescendiente y era más feo que Kramer el personaje de Seinfeld.  Yo no soy racista, no tengo autoridad moral. Mi mamá era oscurita y de pelo quieto, mi abuelita indígena y mi papá tercera generación de europeos venidos a Tierra de Gracia alias Venezuela. 

A mi, por favor, que me lo expliquen con paciencia. Me cuesta entender como un mantuano, hijo de blancos criollos, de directa línea sanguinea realista española, más blanco que camisa lavada con Ariel, que supuestamente compraba su ropa en el sector tallas petite de las grandes súper tiendas, que calzaba botas 36 con hormas ortopédicas y que parecía, en mi imaginación, un chichón de piso ahora se haya convertido en un morenazo, no muy bien parecido, con pinta de rapero urbano, de más de un metro setenta, y que solo le falta hacer publicidad de Hervamatin.  ¡No es justo!!!  Tato ven a salvar nuestros recuerdos. ¡Prometo no pelear contigo!!

¿Flores para mi álbum?

Honeysuckle para dejar la nostalgia del pasado y moverme al aquí/ahora, al nuevo Bolívar.

Walnut para adaptarme a la nueva imagen de Bolívar, susto, lo prefiero como antes aunque pareciera gruñón.

Star para el impacto que me generó la imagen y la sensación de haber dividido la historia en dos: antes de la foto y después de la foto.

Entre las nuevas viejas también me enteré de la vida personal del susodicho (no se ahora si el de la foto vieja o el de la foto nueva).  De acuerdo a lo que habíamos aprendido, el héroe era el prototipo del latin lover. Resulta que según Paula Andrea Henao Restrepo, historiadora antioqueña especialista en Historiografía de Género, adscrita a la Facultad de Historia Sudamericana de la Universidad de la Sorbona, en su sede de París X (Nanterre) él (el mantuano) hubiese podido haber sido un ilustre beneficiario de la píldora azul .... expresado por Manuelita, La Sanz en su epistolario. ¡Esa barajita no la tengo! ¿Tato esa la tenías escondida?

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