1 de septiembre de 2012

Efecto Teflón


Quejones, quejosos, quejumbrosos son personas que se lamentan frecuentemente de una pena, un dolor o un sentimiento (¿o múltiples y simultáneas?) .  Parecieran tener una nube negra encima de sus cabezas que a veces les ha acompañado durante toda la vida.  Sus existencias están bajo el control de la gente quienes los tienen “sometidos” en ese pesar laboral, personal, de pareja, familiar, de país.  Ese dominio, amargamente aceptado, puede ser de corte emocional o hasta físico según reportan las víctimas.  Cuando escuchamos sus argumentaciones para darles apoyo moral, el tema del sufrimiento puede tornarse en largos ratos de atención; el lamento se enrolla y desenrolla en forma de espiral, sin principio ni fin.  No hay manera de consolar la desdicha que les aqueja. Si se les quiere dar una posible solución desde otro punto de vista, la frase “eso no va a funcionar” saldrá de su boca o se evocará en el pensamiento. Lo importante es revolcarse en esa desdichada aflicción.

Las personas quienes rodean cotidianamente a estos sombríos seres pueden caer en sus redes sin pensarlo. Recientes estudios de la neurociencia han mostrado que las personas rodeadas de quejones podrían ver afectada su salud.  Los quejosos pudieran clasificarse como reales (tales como el vecino, la suegra, la prima, la nuera, la compañera de trabajo), o de ficción (como los personajes de telenovelas, series de televisión, películas de drama o incluso canciones de despecho y tristeza).  Nuestro cerebro puede no solamente copiar ese particular modelo de ver la vida sino también hacernos menos capaces intelectualmente.  De acuerdo a los versados en la materia, someterse a la negatividad de una persona o conjunto de personas por 30 minutos afecta las neuronas del hipocampo, esas tan necesarias para resolver problemas o situaciones.

Hay una gran diferencia entre ser empático y hacerse eco del fracaso que tuerce la vida del otro. Generalmente (ojo, escribí generalmente no siempre) las personas quejonas no quieren soluciones, quieren conmiseración. Necesitan escuchar la frase “que terrible” para sentir que nos enganchamos con su amargura. Si usted trata de cambiarlos… usted será parte del lamento también.  No se puede ganar en este tipo de situaciones.  El cambio de actitud no se decreta, debe venir de adentro, de ellos… no de usted, salvador de la patria.

Mi mamá en su ingenua sabiduría siempre me decía que ante el “llantén” de los negativos lo mejor era hacer tres cosas.  La primera, guardar distancia para que no se contagiara la actitud.  Segundo, preguntarles ¿Qué vas a hacer tú que nadie puede hacer por ti para resolver la situación? Importante no preguntar qué hiciste o qué has hecho pues se activa nuevamente la cadena infinita del lamento. Tercero, levantar un escudo protector imaginario.  Mi favorito era una capa protectora tipo Zorro con capucha y antifaz incorporados.  El de mi mamá era una cúpula de vidrio que la aislaba, como los transportadores de Viaje a las Estrellas.  Cada quien puede utilizar los recursos que le resulten más efectivos y cómodos.  A esta ingenua técnica  materna la bauticé como efecto teflón.  Es decir, todo lo que puedo hacer para que los quéjamenes de otros me resbalen y no contaminen mi vida.  ¡Gracias Ma!

¿Flores para fortalecer el efecto teflón?

Walnut para accionar un impermeable natural que evite mojarnos del negativismo de otros. Podremos ayudar sin sentirnos influenciados.

Centaury para poder decir NO cómodamente y renunciar a la vocación de ambulancia.

Agrimony  si tratamos de ayudar a otros para evadir conflictos. Nos ayudará a manejar situaciones tensas con pulso y acierto.

Willow para los sufridos quejumbrosos, les permitirá pasar la página, perdonar y controlar su destino.

Con razón mi mamá decía que ver muchos culebrones embrutecía.  No sé si se refería solamente a los televisivos o si también incluía a los de la vida misma. Matan las neuronitas del Hipocampo ¡Que sabía era mi progenitora!!

Foto tomada de internet.

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