5 de noviembre de 2012

Domando la ambulancia que llevamos por dentro



Desde pequeñita vi a gente servicial a mí alrededor.  Mi mamá era una ambulancia en el mejor sentido de la palabra, siempre estaba socorriendo a alguien en necesidad, tanto familiar como desconocida.  Se tomaba a pecho el ser enfermera, además era presidenta del club de fans de la difunta Florence Nightingale. No, no era una cantante de rock o de hip hop, fue una dama británica precursora de la enfermería que usaba capa y cofia… una suerte de súper heroína de esas de la Legión de la Justicia.  Mi madre era más buena que el pan, y  podía compartir lo suyo con quien lo necesitara.  Como casi me críe en la residencia médica (los dormitorios) del Hospital Vargas de Caracas, desde temprano en mi vida conocí a mucha gente buena que siempre estaba en onda de ayudar en el sufrimiento de otros.  Así que servir y apoyar es algo fluye naturalmente en mi ADN.

Eso me ha causado situaciones a veces conflictivas conmigo misma por no saber establecer límites ni saber decir simplemente NO.    Me he encontrado en reuniones de multiniveles (desde ventas de enciclopedias hasta cosméticos pasando por productos para adelgazar), religiosas, políticas, festivas, de amistad, de corazón… por no saber cómo decir que no estoy interesada, por ayudar genuinamente o simplemente por no herir susceptibilidades.  

También por ser considerada he podido meter la pata hasta la rodilla y luego tener que esconderme para no pasar vergüenza.  Ejemplos me sobran; ¿quieren algunos pocos? En mi regreso de Montevideo a Caracas vi a una pareja de “edad dorada” que me conmovió.  Estaban esperando detrás de mí en la fila para abordar el avión. La aeromoza dijo que las personas mayores o con dificultad de movilización podían pasar a una fila más corta. ¿Qué hice yo? Pues les invité a pasar primero.  Consiguientemente los pasaron casi empujados. Se veían molestos por mi sugerencia de “ayudar”.  Luego supe que no eran de esa edad y hasta creo que la doña estaba ofendida por mi falsa percepción. ¿Qué necesidad tenía yo de hablar? En ese mismo vuelo otro señor, del mismo rango de edad, se sentó a mi lado. Normalmente no doy chance a establecer una conversación  porque el sonido de las turbinas del avión me narcotiza, pero me agarró de imprevisto… se le cayeron los anteojos y yo fui a recogerlos. ¿Quién me lo pidió? Nadie. En pago por la buena acción.... me evangelizó por cinco horas y media del vuelo. No pude decir ni pío, no paró de hablar. Creo que ahora puedo ir al cielo con vestidito y zapaticos blancos. En otra ocasión, tuve un encuentro cercano con una persona invidente: traté de ayudarlo a cruzar la calle porque lo sentí perdido en medio del tráfico caraqueño. Casi me agarró a bastonazos porque lo había sacado de su mapa de coordenadas sin preguntarle, le trastorné su GPS natural.  Otra vez en un supermercado una señora  estaba tratando de sacar/cargar sus víveres  y se me ocurrió agarrarle las bolsas por cortesía (¿qué estaba yo pensando?) y la dama pensó que la quería robar, bueh!... la gente anda medio paranoica con el tema de la seguridad en mi país.  ¿Anécdotas familiares y las de corazón? Me las voy a ahorrar, no terminaría esta entrada.

Ayudar porque nos sale espontáneamente o porque lo sintamos deber no es siempre bien recibido.  Hay que domar a la pequeña ambulancia que llevamos por dentro.

¿Flores  para las ambulancias?

Centaury para establecer límites en relación al servicio, de manera de no someternos o relegar nuestros intereses por los de los demás.

Oak para darle la justa medida al sentido del deber y de la responsabilidad, respetando nuestras necesidades personales.

Red Chestnut para ocuparnos en lugar de preocuparnos,  cuidaremos sin ansiedad a quienes amamos.

Ser ambulancias puede generarnos escenarios incómodos, bien porque no podemos decir que no fácilmente ó  porque nos excedemos sin necesidad. Es buena idea pensar antes de actuar o de querer ayudar… a lo mejor el otro no quiere ser ayudado. Todo en su justa medida.

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