6 de enero de 2013

Cero lamentos



A mí el tema de la muerte no se me da fácilmente.  Por supuesto que no nací para semilla, eso lo entiendo clarito y sé que el tiempo es inexorable, es decir que algún día me va a tocar a mí “apagar la luz”, como le va a tocar a todo el mundo.

Recientemente ha habido pérdidas importantes a mi alrededor, gente muy querida que por lógica cronológica o por salud les tocaba su hora.  También gente que sorpresivamente llegó a su fin en los momentos más brillantes de sus vidas.   Hubo una de este último grupo que marcó a toda mi familia y nos dejó reflexionando mucho sobre el tema de la vida.  Probablemente porque era una joven madre, hija única, con una carrera profesional exitosa, sin dificultades financieras, con hijos, esposo y padres perfectos.  La vida que todos aspiran tener y, sin ton ni son, un dolor de pecho repentino en su oficina no dejó que la volviéramos a ver jamás entre nosotros.  Se apagó para siempre.

Mi mamá se enfermó repentinamente a la edad que tengo yo hoy, duró tres meses.  Durante esos noventa días en mi afán por brindarle calidad de vida contacté a una fundación para el buen morir, una suerte de tanatólogos que había en Londres, Inglaterra.  Por supuesto que cuando lo hice la gente pensó que estaba loca y hasta mi misma madre evitaba esa desagradable situación. Lo que yo buscaba en ese momento sin saberlo, con un profundo amor y respeto, era generar confianza, paz y seguridad para ayudarla a tener una muerte digna y en paz con ella, conmigo, con nosotras.  Teníamos que hablar sobre cosas y  algunas situaciones incómodas, no por negativas sino por lo que implicaban para un futuro sin una de las partes.   

¿A qué viene todo esto? Pues bien, leí accidentalmente un artículo que me llamó a la reflexión y que podría bien convertirse en una resolución para iniciar un ciclo liviano de existencia plena.   Una enfermera australiana que trabajó en cuidados de pacientes terminales en su país se tomó la tarea de escribir los arrepentimientos más notorios de esas personas.  Pensé que si los escribía aquí podríamos tomarlos en cuenta para tener una guía de vida más colmada de armonía y con menos arrepentimientos. Aquí van:


  • Hubiese querido ser más autentico y llevar la vida que quería, no vivir las expectativas de los demás sobre mí. Le pregunto a usted: ¿Sueños no realizados? ¿Metas no cumplidas? ¿Escogencias no hechas? Hasta Steve Jobs, el genio detrás de Apple concordó con esto.

  • Hubiese trabajado menos y disfrutado más. Otras preguntas para usted: ¿Tiempo de familia? ¿Mucha oficina/ ejercicio y poco contacto? ¿Decimos con frecuencia que amamos, admiramos?

  • Hubiese querido ser más valiente y asertivo para expresar mis deseos. Piense otra vez: ¿Me callo para estar en paz? ¿Me callo para evadir? ¿Me callo para no enfrentar y sobrellevar?

  • Hubiese mantenido más contacto con mis amistades.  Preguntas a hacerse: ¿La vida me secuestra y me aísla? ¿Me  enclaustro en mi núcleo y no comparto? ¿Se que pasa a mi alrededor?

  • Hubiese sido más feliz. Piense: La felicidad es una escogencia personal y viene desde adentro de nosotros mismos, nadie nos la da.  El pretender, el esperar demasiado, el no haber reído y disfrutado es algo que hacemos por voluntad. La contentura la producimos nosotros, nadie más.Cada quien produce la suya.

¿Flores para trabajar nuestros lamentos antes de que sea muy tarde?

Pine si nos sentimos culpables por lo que hicimos o dejamos de hacer.  Nos ayudará a tener una perspectiva objetiva de la situación o situaciones.

Star of Bethlehem si sentimos un profundo desconsuelo o inmensa tristeza por eventos en nuestra vida, nos ayudará a sobrepasar la situación y a reflexionar sobre ella.

Willow si nos sentimos víctimas de la vida y de lo que nos ha tocado, nos ayudará a pasar la página sin amargura.

Estoy segura que cada quien tendrá sus propias conclusiones sobre el tema.  Yo por ejemplo, por principio elemental de vida, no me acuesto molesta ni enojada con nadie.  Tampoco me gusta sentirme culpable, así que si debo pedir disculpas por algo…. simplemente lo hago.  Les digo a mis hijos en cada oportunidad que tengo que los adoro y los admiro objetivamente. Cada vez que abro los ojos en la mañana le doy las gracias a Papa Dios. 

Aquí no se trata de hacer un debate para saber si la enfermera estaba o no en lo correcto, o si los pacientes que le tocaron eran unos amargados o de criticar la lista.  Lo que se trata es de pensar si realmente, en ese día final, nos podemos ir tranquilos y satisfechos con la vida que tuvimos y lo que dejamos a nuestro paso.  

Aquí les dejo una gaita zuliana, para cero rencores...

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